GUSTAVO GORRITI Ellenbogen apareció por la redacción un verano limeño de comienzos de los ’80, reventando la camisa a golpe de bíceps y pectorales. Venía con dos ensayos sobre terrorismo y decidido a abandonar las aceitunas que cultivaba en un valle sureño del Perú. Enrique Zileri, director de la revista CARETAS y viejo jugador de rugby, descubrió que, además, había sido campeón nacional de judo y pidió a su editor de Internacionales -este servidor- que evaluara sus trabajos. Poco costó al interpelarlo detectar que, más que un treintañero con ganas de iniciarse en el periodismo al margen de las academias, Gorriti era un escritor inédito y un sólido investigador de grandes temas.
Así comenzó una carrera periodística brillante. El musculoso aceitunero se especializó, rápido, en los frentes noticiosos más inflamables de la profesión: terrorismo y narcotráfico. Y, si cuando judoka quería ser Conan, pronto se convirtió en el Indiana Jones del periodismo peruano. Como tal, aprendió a disimular las armas defensivas hasta bajo los calcetines, mientras se apuntaba a cualquier balacera en Ayacucho y resistía las amenazas y seducciones de toda clase de “padrinos”. En ese vértigo vivió seis años intensos, hasta que la Universidad de Harvard le otorgó una beca especial, que le permitiría escribir sobre lo reportado, durante tres estimulantes años académicos.

Gustavo Gorriti en Panamá, en una conferencia de prensa en defensa de su derecho a permanecer en el Istmo como Director Asociado de La Prensa.

EL AUTOEXILIO

De ese período data su libro Sendero: Historia de la guerra milenaria en el Perú. Notable investigación que excede, con mucho, eso que suele caracterizarse -con cierto aire perdonavidas- como “libro de un periodista”. Tampoco es un exponente de esas “historias contemporáneas”, donde las comillas sugieren que sólo son ingredientes para los verdaderos historiadores. Mario Vargas Llosa, con recuperada objetividad, lo definió como “el primer trabajo serio, desapasionado y totalizador” sobre el terrorismo peruano.
Allí, Gorriti desmontó las piezas de la personalidad de Abimael Guzmán, surgido en la sierra peruana como “cuarta espada de la revolución mundial”, para completar la obra de Marx, Lenin y Mao. De paso, demostró que fue el más luctuosamente eficaz de los líderes guerrilleros que emergieron, durante los años ’60, para transformar los Andes en la Sierra Maestra de América Latina. Tal vez fue así, según se desprende de la investigación, porque el líder senderista, licenciado en Derecho y Filosofía, era un hombre paradójicamente unidimensional. Un animal revolucionario incapaz de distraerse con manifestaciones de piedad humana o de ceder al impulso poético y autodestructivo del Che Guevara.
Naturalmente, un periodista de ese nivel, inmerso en esos temas e incorruptible por añadidura, no tenía asegurada la tranquilidad propia ni de su familia. La última vez que cenamos en su casa limeña -comienzos de 1992-, Gorriti estaba protegido, a su costo, por dos feos mastines y dos macizos igualmente malgastados. Si sabemos que un periodista, por estelar que sea, no puede permitirse siquiera un guardaespalda bajito aquello significaba por lo menos dos cosas: que todos sus “pitutos” por corresponsalías, becas y derechos de autor iban a los bolsillos de sus custodios, y que el hombre estaba convirtiéndose en una fuente de trabajo, a partir de su propia inseguridad.

José Rodríguez Elizondo y Gustavo en desafiante pose. Una antigua y nueva amistad.

Por eso, cuando tiempo después nos reunimos en su casa de las afueras de Washington, Gorriti vivía prácticamente autoexiliado, con su indesmayable Ester y sus dos hijas. Prudente, de su parte, pues poderosos enemigos habían tratado de operarse de él de la manera más expedita y definitiva. Quizás no tuvieron éxito porque surgieron, entonces, voces influyentes, que se interesaron por su suerte desde tres países amigos, entre los cuales Chile.

LA ÚLTIMA AVENTURA

La última aventura de Gorriti, la he seguido a través de los principales medios del mundo. Las fotos lo muestran en el diario La Prensa, de Panamá, todavía reventando camisas y con gesto fiero. Su combate es el mismo de siempre: la pasión de investigar y publicar sobre temas de interés público y de alto riesgo agregado.
En ese empeño corajudo, obtuvo dos cosas contradictorias. Por un lado, el prestigioso Premio Rey de España. De otra parte, la aplicación de una ley muy legal que, en cuanto extranjero, le impediría seguir trabajando en el sector y lo obligaría a salir del país.
Insólitamente, Gorriti ha enviado a sus tres mujeres a los Estados Unidos, se ha atrincherado en el diario y ha anunciado que dará la batalla legal para quedarse y seguir informando. Desde ese asilo poco diplomático, está focalizando la atención del periodismo global. Los lectores de El País y del New York Times han leído su odisea bajo su propia firma, en sendos y aguerridos artículos. Un editorial del diario español, titulado “El indicio Gorriti”, dice que la larga y dura lucha de los latinoamericanos por una prensa libre no debiera ser menoscabada. El Haaretz, de Israel, lo califica como “uno de los mejores periodistas de Sudamérica” y celebra el que hoy existan cada vez más comunicadores dispuestos a atacar políticos e industriales corruptos y mezclados con la mafia. CARETAS, que no disimula su orgullo, dice que es “un símbolo internacional de la lucha por la libertad de prensa”.
Así es mi entrañable amigo Gustavo: “Serenamente terco como un vasco judío puede serlo”, según Zileri, nuestro gruñón e incombustible jefe de aquellos años. En una época en que los valores se relativizan y casi todo tiene su precio en el mercado, es reconfortante saber que sigue siendo el mismo que canjeara las aceitunas por las noticias, para convertirse en un héroe del periodismo regional.

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